Entonces, el monte entró en erupción. Plinio el viejo, a la sazón jefe de la flota imperial allí atracada, murió mientras intentaba salvar a quienes se hallaban en peligro en las inmediaciones del volcán. Se dio cuenta de la catástrofe y decidió cruzar la bahía con algunos barcos en misión de rescate. No pudo desembarcar en ningún lugar cercano a la montaña a causa del calor y la lluvia de cenizas y piedra pómez. Por ello, se dirigió a aun punto situado a 5 kilómetros al sur de Pompeya, donde se refugió en casa de un amigo. Desde allí podían ver el Vesubio, del que surgían en ”varios puntos extensas capas de fuego y llamas impetuosas, a cuyo resplandor contribuía la oscuridad de la noche".
Permaneció Plinio en la casa del amigo y al amanecer del día siguiente intentó infructuosamente volver al barco. Murió por efecto de los fuegos y un ataque de asma.
Fue un drama dantesco, Plinio el Joven, en Miseno, describió así la noche trágica del 24 al 25: “Solo se oían los gemidos de las mujeres, el llanto de los niños, el clamor de los hombres. Unos llamaban a sus padres, otros a sus hijos, otros a sus esposas. Muchos clamaban a los dioses, pero la mayoría estaban convencidos de que ya no había dioses y esa noche era la última del mundo
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